samedi, novembre 10, 2007

Los Tubos Cultural: Física Cuántica, El Cuerpo del Amante, Una Cita


Los Tubos Cultural, noviembre 10, 2007
A RV
Cuando el premio Nobel de física Max Planck estudiaba cómo se producía la radiación desde un cuerpo incandescente, descubrió que los átomos que liberan dicha energía no lo hacen de forma continua, sino en pequeños bloques a los que él denominó cuantos de energía, mismos que no pueden dividirse o sumarse en fracciones. Recientemente creo que esto mismo sucede con el amor: es el enamorado quien irradia bloques incandescentes a partir de la silueta del objeto del deseo.
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Por eso digo: la física cuántica es como el amor. Uno nunca dice: me voy a enamorar. Es posible que uno quiera con grandes aspiraciones y necedades tener en quien depositar, depositarse, verter el discurso amoroso. Así pues: enamorarse. Atravesar el amor. Ser atravesado. Dichosos actos que uno aspira como permanencia y no como encuentro. Por eso digo: el amor llega como la física cuántica. De súbito. De golpe. En cuantos de energía.
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Supongamos que todo comienza con un masaje: paliativo alivio, renacencia, exploración del órgano corpóreo a través de la belleza de una idea apenas. El amor, el encuentro amoroso, siempre trae consigo nacimiento; pues a su vez representa el final, la muerte de una soledad. En el clásico ya Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes dice que el encuentro simboliza el tiempo feliz que siguió al primer rapto, antes que nacieran las dificultades de la relación amorosa. Me concentraré en esta etapa de expedición del otro, de esa “adecuación inesperada de un objeto a mi deseo”, según el enamorado, es decir Barthes, es decir yo.
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Mientras acontece el masaje, cada uno ofrece su cuerpo al otro, asume su vocación de abismo: globo ocular donde el reflejo aventura imágenes, dedicatorias, correspondencias construidas en la dupla conductual del asombro: soy remitente y soy destinatario. ¿Y el mensaje? Está en todas partes: en las manos, las lenguas, en el cuello, en las masas musculares operadas intensamente con el fin terapéutico de acomodarse en y para el otro, que a su vez también se va alojando y cediendo a la concordia. Somos, los enamorados: dos, una maquinaría: afirmamos la afirmación, recomenzamos, sin repetir.
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Así, las descargas energéticas que recibimos (y que recibe el otro) son convenios, decisiones, hechos. Y no coincidencias: esas quedaron en el rapto. Durante el encuentro, dice Barthes, descubro a cada instante en el otro un otro yo: ¿Quieres eso? ¡Vaya, yo también! ¿No te gusta esto? ¡A mí tampoco! Cuando los enamorados comparten, como en cuantos de energía, se entregan a dúo: se iluminan mutuamente, se enceguecen mutuamente: se unen. “El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro”.
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Aunque todos digan que las uniones son efímeras, los enamorados intentan en un perpetuo imaginario el reacomodo, la supervivencia, el beso exacto, la carne embonada en la carne, las ideas inspirando otras más: la vida cimentada en cuatro ojos, cuatro piernas, dos corazones. Entonces durante el masaje y sus cuantos de energía, los enamorados descubren que la mejor cama de masaje es el cuerpo del amante. Y comienza una disección del cuerpo. Tocar un músculo, moverlo de lugar, saber qué siente el otro: ¿dolor?, ¿placer?, ¿universos?, ¿lámparas?
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Todo movimiento en el otro es en nosotros la reinvención de la imagen amada: así se va avanzando en ese túnel de exploración donde se suceden a la par los enamorados. Cuando refiero la comparación de la física cuántica con el amor, también viene a mí la imagen de la robótica, de la clonación, del Dr. Frankenstein del nuevo siglo pero las mismas intenciones de siempre: la creación de un ser ideal, la idealización del ser, del amado, de ese que responde a nuestra voz como un marino al canto de las sirenas.
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En el video All Is Full Of Love de Björk, sucede. Los enamorados son clones del amor, de sí mismos. Ambos durante el encuentro se pierden en el cuerpo ajeno, cada uno es una extensión fractal del objeto del deseo: el otro. Cada uno ocupa su lugar en la fantasía de la imagen amorosa del encuentro sexual: obvio, todo lo que sucede entre dos viene con la tromba de querer encarnar en el otro, encarnar sin dejar de ser uno mismo: que mi rosa se abra en el rosal del otro para que éste no me abandone cuando sea suyo.
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Y en el frío enlace de los robots, encontramos la declaración más certera del amor: la mirada. Nosotros miramos cómo los montan (esos extraños mecanismos que no conocemos pero que nombramos azar o destino, quizá sólo para que se lleve a cabo ese encuentro), cómo todo sigue intacto entre ambos hasta que ocurre el cruce de miradas. El rapto, diría Proserpina. Es como si el Kama Sutra conociera la robótica, ironiza Björk. Sin embargo, en la mirada el amante se revela, el enamorado se declara y el objeto de deseo devuelve su dosis de cuantos de energía.
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¿Y qué sigue? Abrazarse al otro, dejarse llevar, construir nuestros propios fragmentos del discurso amoroso, nuestros propios cuantos de energía compartida, esa continua cita con la vida misma.

2 commentaires:

dulce maría gonzález a dit…

Hermoso...

no puedo decir más,

he aquí uno de esos fragmentos que dice Barthes, o sea: tú


Besos

gabriela cantú westendarp a dit…

ÓSCAR: Eduardo Milán dice que todo texto es fragmento.
Muy bello el tuyo, amigo.un beso.