lundi, septembre 15, 2008

Noticiero "Detrás de mi ventana": Duelo por David Foster Wallace, el vecino Ángel y una mujer que no volveré a ver

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Pasada la media noche del viernes, mi madre cruzó el jardín que separa la casa grande del pequeño departamento en el que vivo, y entró usando sus propias llaves, acto por demás inusual, pues respeta por completo mi privacidad y mis horas de escritura; traía consigo una noticia: mi hermana enfermera venía en camino para llevarla al hospital.
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¿Qué sucedía? Por mi cabeza pasaron los casi 40 nombres que componen a mi familia directa, la que deciende de la unión de mis padres. Sin embargo, nadie estaba en el hospital. Era un dolor indescriptible que cruzaba el área abdominal del cuerpo de mi madre. ¿Indescriptible? Por supuesto, sólo ella lo podría expresar. Además debía ser así porque rotundamente ella nunca ha ejercido su candidatura para ser una hipocondríaca, contrario a gran parte de la familia.
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Antes de salir de casa, hice un par de intentos fallidos por comunicarme con alguien más de la familia. Nadie respondió. Así que emprendimos la detestable travesía hacia el hospital. No creo que haya suceso mán agridulce que un arribo a una sala de urgencias. Niños que se tragaron monedas, mujeres con dolores matrices, hombres con alguna parte del cuerpo lacerada, ancianos en sillas de ruedas.
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Al llegar apenas mi hermana enfermera usó su frase todopoderosa: soy colega. Mientras ella y mi madre se perdían por un pasillo hacia las salas de auscultamiento, yo desabroché mi angustia tratando de comunicarme con otras dos de mis hermanas. Llegarían de inmediato, afirmaron cada una desde su somnolencia. El resto del tiempo recordé los meses que yo pasé internado, en salas de rayos X y ultrasonido, preparándome para biopsias, endoscopías, cromoscopías, aplicándome la quimio como un chimpancé-conejillo de Indias al que no saben si le va a funcionar.
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Cuando mis hermanas llegaron con sus esposos comenzó la carnicería familiar. Al llegar a una sala de espera lo menos que hacen las mujeres de mi familia es quedarse a la expectativa. Luego de un rato, mi hermana mayor y yo nos colamos por el pasillo con el afán de saber el estado de nuestra madre. Le habían practicado un pinchazo en el antebrazo para tomar una muestra de sangre y, en el momento en el que entramos, le ponían una bolsa de suero. Mi hermana enfermera dijo que la doctora la había revisado y que había que esperar a que trajeran las placas y los resultados de los análisis.
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Nos reunimos afuera para que mamá durmiera un rato. Vinieron las escenas de las muertes de algunos de mi familia: mi abuela, mi padre y mi sobrino, hijo de mi hermana mayor. Todo circula alrededor de la conciencia de la muerte cuando se está entre gente desesperada que también espera como nosotros tener buenas noticias. Luego de un par de horas, unos se fueron y otros nos quedamos esperando que todo fuera un malestar mínimo, pasable, recuperable.
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A la mañana siguiente, en casa de mi mamá, llegó la familia de mi hermana mayor con una noticia. Ángel, conocido como Angelito, hijo de la vecina de mi hermana, había fallecido muy temprano, a los 29 años, al desayunar, se había atragantado con una galleta. Impactante. Aunque nosotros pasamos la noche en vela, al cuidado de mi madre que sólo tenía una infección urinaria, otra familia que había pasado la noche entregada al sueño sobre sus camas ahora tenían un sepelio.
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Ángel era un chico normal, siempre había tenido un empatía muy grande por él, casi desde que mi hermana y su esposo se convirtieron en sus vecinos. Entablamos pocas conversaciones. A los cinco años le detectaton diábetes infantil, lógica y trágicamente nada fue igual. Cuando yo estuve en el protócolo de la quimio me trasladaron a casa de mi hermana porque en casa de mis padres estaba la abuela muy enferma, mamá no podía con dos convalecientes. Además yo era un exigente de mierda, lo acepto, estaba muriéndome así que necesitaba los reflectores sobre mí, algo así. Entonces instalado en casa de mi hermana, veía a Ángel a menudo, cuando su mamá y él nos visitaban.
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Tengo una imagen fiel de Ángel, de hace algunos 4 años. Nos encontramos en un hospital, tan asiduos nosotros. Lo saludé levantando la mano pero no recibí contestación. Como no tenía fuerza, no me acerqué ni hice mayor esfuerzo. Unos meses después supe que Ángel ya había perdido el 80 % de su visión total. Desconozco cuál sea la etapa en la que murió, cuán desgastado y maltratado debió estar ya.
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Anoche un amigo que trabaja en un periódico me dijo que había llegado un comunicado de prensa, había muerto David Foster Wallace. Quedé mudo. Y luego se corrigió: en realidad se suicidó. Peor aún. Para insultarlo a todo pulmón. Aunque no niego que me seducen los suicidas. La delicia de leer a Foster Wallace era secreta. En realidad últimamente, quizá de tres años hasta ahora, no digo nada sobre los libros que compro ni que leo. Excepto los que no me gustan. Claro, esos los regalo. ¿Quién cumple años próximamente? No es que sea un cabrón, si los libros fueron editados y a mí no me gustaron, hay que liberarlos. ¿Para qué destinarlos a la muerte de un espacio personal como mis libreros? Nunca.
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A Foster Wallace lo leí en un FNAC en Barcelona, no tenía dinero y necesitaba leer, así que me la pasé leyéndolo hasta que me echaban del lugar. No tengo nada suyo en mis libreros. Los que tenía en casa, Oblivion: Stories e Infinite Jest (la cual no terminé) las perdí. Una fue por estupidez mía y la otra misteriosamente desapareció de mi librero. Semejante libro voló al bolsón de alguien sin chistar. Entonces no puedo echarme al sofá a leerlo y convocarlo con un poco de libromancia.
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La nota del suicidio de Foster Wallace ha conmocionado a muchísimos. Carajo, es para que conmueva al planeta entero, era un escritor magistral, estaba en plena producción y largos etcéteras podrían seguirse con sólo mencionarlo. Su esposa lo encontró ahorcado cuando regresó a casa. ¿Qué hacía su esposa fuera de casa? No es un comentario machista, en verdad me pregunto esto: ¿qué hacía fuera de casa?
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Foster Wallace nació en 1962, murió en 2008. ¿Qué decir? No hay que decir nada. Hay que leerlo. Vaya, es un momento espantoso para su obra porque puede desencadenarse un aluvión de publicidad, sin embargo, es la mejor forma de conocerlo. Ahora la única. Al menos nosotros seguimos vivos y tenemos sus libros al alcance.
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La muerte, las muertes, los muertos. La enfermedad. Cuando estaba en la sala de espera del hospital mientras mi madre dormía, una mujer hablaba por celular y le daba esta noticia a alguien: me voy a morir, me estoy muriendo. La analicé de pies a cabeza, estaba "en una pieza". Sin embargo, seguramente, como es costumbre con nuestra raza, como es ahora natural en este post, ella se va a morir, ella estaba de luto porque se está muriendo y no hay nada qué hacer, quizá así se sintió Foster Wallace, entonces sólo nos queda hablar la muerte, enfrentarla, leerle unas palabras al oído y luego decirnos, como Nicanor Parra:
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"Me toqué la frente, pero no:
ya no podía más".

3 commentaires:

gabyrotten a dit…

Quizá.


Acabo de enterarme también, recién subí algo a mi blog y vine a ver el tuyo; imaginé que o ya lo sabías o habías subido algo. Fue un impulso linkearme.

:(

abrazo

Lola Torres Bañuls a dit…

La muerte es el máximo silencio. Sin embargo como tú bien dices, David Foster no esta en silencio porque nos quedan sus palabras y esas no hay quién las pare.

He entrado en tu blog por casualidad a través del blog de Pedro Montealegre. Pero de vez en cuando te visitaré es interesante tu blog.

Un abrazo.

Pina a dit…

Hola, Oscar David.
Hace rato no venía a tu sitio y me atrapó esta lectura.
Ah, los misterios de la muerte!

pVengo del blog de la Sylvissima, quien hoy cumple años y se me ocurrrió entrar a este tuyo.
Os dejo un abrazo.