samedi, avril 19, 2008

Susan Sontag, David Rieff, la muerte y yo


Si ya había encontrado cruces maravillosos con el pensamiento de Susan Sontag. Ahora, este descubrimiento, me vuelve militante. Sí, un poco exagerado; o quizá nada. Gracias al blog Cierre de edición, he dado con la entrevista que Steve Paulson realizó a David Rieff, autor de Swimming in a Sea of Death y, también, hijo de Sontag.
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En dicha entrevista, David cuenta un poco sobre los últimos meses que estuvo cerca de Susan. Hijo hablando de su madre. Vivo recordando a la muerta. Vivo recordando cómo llegó la muerte al cuerpo del otro. Me parece sorprendente la potencia de la memoria humana: los arraigos y las refutaciones.

Siendo Sontag una pensadora que siempre estuvo al bien de la verdad como única fuente de fundamento y distinción, ahora, su hijo, David, nos cuenta que ella pidió que no le revelaran que estaba a punto de morir: ella, la Sontag, quería que se le mintiera: deseaba la esperanza: aborrecía el acto de la extinción.

Quizá por eso Sontag nos dice en Sobre la fotografía que la imagen revelada nos distancia de la realidad temporalmente: nos abre un campo para la reflexión de los que éramos hace unos instantes: nos da el poder de que seamos nosotros mismos quienes podamos recordarnos.

No es mi miedo a la muerte sino el miedo a mi muerte. Así. Total. No puedo con la imagen de lo que conozco esté, en un futuro, sin mí. No puedo con el pensamiento de mi austeridad en el mundo. Esto no es parecido a la ausencia del que se va de viaje y siente añoranza. Aunque quizá sea porque estando muerto yo no sentiré añoranza: en sí, no sentiré, no pensaré, no mentiré, no oportunaré más.

Paulson pregunta que si el miedo de Susan Sontag ante la muerte era un miedo existencial, David responde que lo había, en su expeciencia "a muchas personas les aterra la muerte. También ha conocido a muchas personas que no se sienten así. Pero ella era una persona para la que representaba una noticia terrible. Así que no creo que fuera para nada única. Claro, para algunas personas de fe resulta más fácil. Pero mi madre no era una persona de fe."

Al igual que Susan, yo no soy un hombre de fe. No creo en una vida después de la muerte: mi fantasía (por no nombrarla con un tropo de pensamiento) es que la muerte es un estado fulminante: no hay un más allá: nuestro cuerpo y sus actos se quedan aquí, muchas veces olvidados. No es que niegue la idea medieval dantesca en la cual nos ocurre una enseñanza después de la vida, es sólo que no confío: sólo amo lo que veo. ¿Y cuándo no vea? Qué horror.
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Sobre al ateísmo de la Sontag, David responde que cree "que habría sido grotesco que mi madre se hubiera convertido en una persona de fe por el mero interés de encontrar consuelo. Sin duda, ése habría sido el uso terapéutico más terrible de la fe, y una desgracia en términos de la fe. No se debe empezar a creer por conveniencia."
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Yo tampoco podría. Sin embargo creo que este tema: este es uno de mis temas predilectos: y necesito plantearme un amplio ensayo Sobre la muerte, los miedos, los terrores, las buenas y malas muertes, las creencias, su descendencia, etcétera. No sólo para exorcizar y comprender mi conducta humana sino para que los otros, sé que hay muchísimos que como yo, encuentren una forma de oportunarse.
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Hace dos años, cuando estuve en París, conocí a Daniel Mordzinski, fotógrafo argentino que radica en Francia desde hace un par de décadas. Daniel me contó que estuvo en el entierro de Sontag en el Cementerio de Montparnasse y, que al ser el único fotógrafo, se originó una complicidad con los presentes que habían conocido de cerca a Susan y que sabían su fanatismo por la imagen, creían fielmente, incluso David, su hijo, que esas fotografías serían parte del legado de la autora.
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Ahora que leo que Sontag no había dejado instrucciones sobre qué hacer con sus restos. Sí, Daniel me contó que nadie sabía que ese era el entierro de Sontag ni que sería en París: ni eso había dicho. Su afán por aferrarse a la esperanza la había mantenido al margen de hablar sobre su inminente muerte y de lo que vendría después, ¿qué hacer con su cuerpo?
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David cuenta cuál es la última imagen que tiene de su madre, la última imagen de intimidad, antes que los reflectores de los medios se conviertieran en zopilotes:
"En cuanto murió, pedí a las demás personas en la habitación que salieran. Y miré de verdad. Para ser francos, le quité la blusa. Y no era más que una llaga. Su cuerpo no era más que una llaga desde el interior de su boca hasta los dedos de los pies. Así que el sufrimiento fue extraordinario. Sin embargo, la muerte, en sí, fue comparativamente fácil en el sentido de que no parecía sufrir dolores."
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"En los últimos días, como que se recluyó en sí misma. Y cuando hablaba, lo hacía sobre el pasado lejano -sobre sus padres, sobre las personas con las que estaba involucrada hacía 30 años. No estaba enfocada en el presente o cualquiera de nosotros. Luego cayó en una especie de somnolencia. Y luego murió. No fue terrible."
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La entrevista completa se puede leer aquí.

1 commentaire:

Edgar Artaud Jarry a dit…

Todas las muertes son terribles, aún para uno mismo. Saludox.