Poemas morales
José Javier Villarreal
Expecting your arrival tomorrow, I Find myself
thinking I love You: then comes the thought:
I should like to write a poem which would
express exactly waht I mean when I think
these words.
W.H. Auden
I
En sirgo de bravatas
sin canto ni función
asperezados lados con fieras pubertades
de hilos y respiros
a la orilla del río.
Apacentó sus fuerzas, aquilantó sus ansias, y como pudo dijo
y exoneró el lamento, la vena reventada, el risco levantado,
la purga de esmeralda
con la sola depressa que en los blancos
creyó adivinar. Arisco en la espesura, cuando la tarde se iba,
fue desgarrando sirenas, azucenas en vilo:
huéspedes que se iban conformando con un beso.
Partió. Y cuando su boca sintió los hechizos de las ramas
quiso comulgar con flores, son colores desvaídos.
Después se acurrucó
para soñar un rato con la tarde ya perdida.
II
A Santiago Javier
No importa la clave,
el dardo traspasando el cuerpo que se inclina.
No importa la selva, tu cama, el cuarto suspendido,
la cantidad, el pago, el documento.
No importa el azul cuando la lluvia arrecia y las gradas del estadio muestran su tristeza,
el silencio, la flecha, el camino que estás por recorrer.
No importa el peso, el brillo de los cubiertos, la loza sobre la mesa,
la resaca, la tormenta que se estaciona sobre tus horas.
No importa la caricia, el murmullo,
el golpe, la redondilla que canta tu nombre, la novela o el libro bajo la cama.
No importa el cassette, la ropa, las toallas invadiendo el paraíso.
No importa que amenacen tus horas sacrificando un becerro que se muere de frío.
No importa el sonido metálico e incisivo,
Esa forma de amanecer que fatiga tu alma.
III
Como la escamosa situación del pez
cuando se pone a leer los periódicos
y descubre horrores, devastaciones,
la estupidez que flota
sobre la superficie de las aguas,
sobre su cabeza
con el mismo brillo del gancho y del arpón,
con sus mismas consecuencias royendo el hueso de la estabilidad,
carcomiendo el punzón que humedece la hoja donde no se escribe,
donde los barcos se hunden
en un camino que se pierde entre los rostros
y desgarra con sus filos
la delicada piel de la conciencia;
la misma con que el pez hojea las páginas del diario
y se queda mudo, grave, en su pecera
bajo la vigilante presencia de los gatos.
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