mercredi, septembre 02, 2009

Poemas morales, de José Javier Villarreal

Poemas morales

José Javier Villarreal

Expecting your arrival tomorrow, I Find myself

thinking I love You: then comes the thought:
I should like to write a poem which would

express exactly waht I mean when I think

these words.

W.H. Auden

I

En sirgo de bravatas

sin canto ni función

asperezados lados con fieras pubertades

de hilos y respiros

a la orilla del río.

Apacentó sus fuerzas, aquilantó sus ansias, y como pudo dijo

y exoneró el lamento, la vena reventada, el risco levantado,

la purga de esmeralda

con la sola depressa que en los blancos

creyó adivinar. Arisco en la espesura, cuando la tarde se iba,

fue desgarrando sirenas, azucenas en vilo:

huéspedes que se iban conformando con un beso.

Partió. Y cuando su boca sintió los hechizos de las ramas

quiso comulgar con flores, son colores desvaídos.

Después se acurrucó

para soñar un rato con la tarde ya perdida.

II

A Santiago Javier

No importa la clave,

el dardo traspasando el cuerpo que se inclina.

No importa la selva, tu cama, el cuarto suspendido,

la cantidad, el pago, el documento.

No importa el azul cuando la lluvia arrecia y las gradas del estadio muestran su tristeza,

el silencio, la flecha, el camino que estás por recorrer.

No importa el peso, el brillo de los cubiertos, la loza sobre la mesa,

la resaca, la tormenta que se estaciona sobre tus horas.

No importa la caricia, el murmullo,

el golpe, la redondilla que canta tu nombre, la novela o el libro bajo la cama.

No importa el cassette, la ropa, las toallas invadiendo el paraíso.

No importa que amenacen tus horas sacrificando un becerro que se muere de frío.

No importa el sonido metálico e incisivo,

Esa forma de amanecer que fatiga tu alma.

III

Como la escamosa situación del pez

cuando se pone a leer los periódicos

y descubre horrores, devastaciones,

la estupidez que flota

sobre la superficie de las aguas,

sobre su cabeza

con el mismo brillo del gancho y del arpón,

con sus mismas consecuencias royendo el hueso de la estabilidad,

carcomiendo el punzón que humedece la hoja donde no se escribe,

donde los barcos se hunden

en un camino que se pierde entre los rostros

y desgarra con sus filos

la delicada piel de la conciencia;

la misma con que el pez hojea las páginas del diario

y se queda mudo, grave, en su pecera

bajo la vigilante presencia de los gatos.

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